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jueves, 26 de enero de 2017

Desde Francia con amor: Au-Delà Du Délire


Para casi todos los hispanohablantes nos es raro escuchar música en idiomas que no sean el inglés y el español, estamos tan acostumbrados a estos dos idiomas en la música, que un tercer idioma nos resulta a veces cómico, a veces molesto, pero muy pocas veces podemos disfrutar de la música en el idioma que sea. Es raro (aunque sí ha sucedido) que en México sea exitosa alguna canción en francés, italiano, alemán, polaco, sueco o islandés. 

Ahora bien, el francés es un idioma elegante por naturaleza, y si a eso le añadimos música elegante, fina y totalmente romántica (en un sentido no cursi) entonces ¿qué obtenemos? Pues una maravilla desapercibida como lo es el Au-Delà Du Délire (1974) de la también desapercibida (en México) banda Ange, formada en 1970. Es decir, una banda francesa que canta en francés y que hace música tan romántica como sensual, y tan dramática como emotiva. La fórmula funciona, por supuesto, en un nivel completamente artístico. 

Au-Delà Du Délire es una obra maestra del género progresivo, y debería considerarse desde ya como uno de los pilares del dramatismo y la teatralidad en la música. El álbum abre con una canción campirana, "Godevin Le Vilain", que suena como sacada de los viñedos de Bourdeaux o de los valles del sur de Francia (como lo sugiere la misma portada del álbum), es una perfecta forma de abrir el álbum. "Les Longes Nuits D'Isaac" es la segunda obra, y en ésta podemos percibir el dramatismo romántico del que tanto se habla, a pesar de que en un inicio parece una canción de heavy metal, se compone y el melotrón, el glorioso melotrón, hace lo suyo dibujando un paisaje hermoso con sus cortinas de sonido tan suaves y aterciopeladas. La voz de Jean Michel Brezovar nos altera el estado de ánimo, de acuerdo a la canción misma, que a veces es dulce y tranquila, y otras es fuerte y llena de ira. Es una gran canción.

"Si Jétais Le Messie", la tercer canción, es un poema narrado por el vocalista de manera ascendente en emotividad, mientras detrás de él la música crece en intensidad hasta terminar por romper, en el minuto 1:35, la canción en dos mitades. El cuarto tema, "Ballade Pour Une Orgie" resulta ser otro tema bucólico y campirano, dulce y romántico, aunque la letra toque temas un tanto más escabrosos. El acompañamiento de la voz con la guitarra acústica funciona de maravilla, y no es de extrañarse el hecho de que esta canción sea la favorita de muchos. La última pieza del original lado A del álbum es "Exode", otra delicia que desde el inicio nos muestra su grandeza con el épico motivo de apertura que, a pesar de que sería reemplazado por el tema central de la canción, sirve como una excelente introducción en interés a la canción. La parte central de la canción es igual de romántica como el álbum en general, con sus secciones bucólicas y teatrales -perfectamente expresadas por el estupendo melotrón que nos ha acompañado a lo largo del álbum- repartidas a lo largo de los 5 minutos de duración. 


"La Bataille Du Sucre (La Colère Des Dieux)" es una perfecta expresión de calma tensa, que se siente a lo largo de los más de seis minutos de duración de la canción, y de la que deseamos que durara mucho más tiempo para disfrutar de las excelentes melodías combinadas entre los melotrones y clavecines al más puro estilo renacentista. La música es una absoluta delicia en este tema, y no pasa de largo el nivel de emotividad que transmite la perfecta ejecución por parte de los instrumentistas; esta canción es una auténtica obra de arte por donde se le mire. El penúltimo tema es "Fils De Lumière", y parece ser más animada que su antecesora. Es un tema de trancisión entre la genialidad de su antecesora y la majestuosidad de su sucesora, sirve como un puente de expectativa que funciona a la perfección. La canción contiene muchos momentos de crescendo, como anticipando la magnificencia que le seguiría; el melotrón una vez mas se luce generando más y más tensión, y si a esto le añadimos el beat casi de allegro de la canción, tenemos como resultado un estupendo prefacio de la última y épica canción el álbum. La homónima "Au-Delà Du Délire" dividida en dos secciones, la primera que nos regresa a la tensa calma de los últimos temas, en crescendo y con secciones musicales llenas de melotrón y una guitarra punteada delirante, es un deleite poder sentir la música fluir sin obstáculos del oído al cerebro, y de éste al corazón mismo. La segunda parte es una épica melodía de melotrón perfectamente sustentada por el resto de instrumentos, y funciona a la perfección como cierre de un álbum magnífico y casi perfecto.

Au-Delà Du Délire es una de mis obras favoritas en la historia del rock progresivo, del rock en su totalidad, de la música en general; la calidad musical y el alto nivel artístico se puede casi palpar, son muy evidentes y accesibles dada la suavidad y el romanticismo al que todos aspiramos sentir en algún punto de nuestras vidas. La obra maestra del progresivo sinfónico francés, sin lugar a dudas, y una de las obras más sublimes de la historia del otro rock, el rock desonocido.


viernes, 13 de enero de 2017

Sing Street, o la maravilla de ser adolescente.


Tanto en la música como en el cine, lo que generalmente atrae a las masas, lo más popular y comerical no necesariamente suele ser lo mejor. Hay claro excepciones que confirman esta regla. Pero la regla general casi siempre es la misma. No puede haber comparación en cuanto a calidad entre un disco ultra popular y reconocido como el "Oops i did it again" de Britney Spears, con uno poco conocido y artísticamente excelso como el "Sea Change" de Beck Hansen, por poner sólo un ejemplo.



En el cine ocurre un fenómeno similar, una película súper popular y costosa como "The Avengers" de Joss Whedon no se acerca en calidad a una menos conocida y mucho mejor escrita, actuada y dirigida como "A Single Man" de Tom Ford. Es una regla no escrita que se aplica en muchos rubros de las expresiones artísticas en general.


Y otro claro ejemplo de ello, es el filme que nos atañe en este post, Sing Street de John Carney, una película llena de referencias musicales, en específico de los años 80, que está contada de manera estupenda, y que nos sitúa en el Dublín de 1985,  católico y con problemas sociales suficientemente duros como para que la juventud de aquella época buscara salir a como diera lugar del país, en busca de mejores oportunidades y de cumplir sus sueños.

Sing Street trata básicamente (sin spoilers) sobre un adolescente que quiere conquistar a una chica, y para ello forma una banda de música que él mismo denomina como "futurista". Sus padres con problemas, sus hermanos lidiando con el fantasma del fracaso, y él cambiando sus rutinas y creciendo como muchos de nosotros hubiéramos querido crecer.


La película es entretenida, divertida y por demás emotiva. El trasfondo musical pasa a primer plano gracias a la excelente elección de temas clásicos de aquella década como soundtrack, a la excelente manera de abordarlo por el director, y a las estupendas canciones originales compuestas en su mayoría por el propio Carney, quien además logra captar en el filme que el proceso de componer una canción es mágico, estimulante y fluido (con una clara referencia a Lennon y McCartney). Esta es quizás una de las mayores virtudes de la película, y a medida que va avanzando, nos logra cautivar con diálogos estupendos y profundos (algunas de las ideas de Raphina, la chica protagonista, son en verdad inspiradoras) y con situaciones tan comunes de un adolescente, que en automático nos adueñamos de ellas.


No se trata de la mejor película del año, pero para mí sí se ha convertido en una de mis favoritas, y John Carney en uno de mis realizadores preferidos (quien no haya visto Once, de este mismo director y del año 2007, se ha perdido de otra joya cinematográfica-musical).

La magia de la adolescencia, de sentir que podemos conquistar el mundo pero no a una chica, de estar seguros de lo que queremos sin en verdad estar seguros en nosotros mismos (ej. los cambios de look constantes), y de dar pasos en falso sin miedo a nada, es la principal emoción que nos transmite Sing Street, una emoción mucho más real y genuina que la que podríamos recibir de cualquier film multimillonario.